top of page
LOGO%20BLANCO_edited.png

 Semana 2: 

El Leguaje Del Hogar

House Side.png
Image 1.jpg
Icons.png

Día 5: Las Mano De Un Padre

Octubre 16, 2026

Génesis 48:14–16 tla
14 Pero Jacob cruzó sus brazos cuando los extendió para poner sus manos sobre la cabeza de los muchachos: es decir, puso su mano derecha sobre la cabeza de Efraín aunque él era el menor y su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés, que era el hijo mayor. 15 Luego bendijo a José con las siguientes palabras: Que el Dios delante del cual caminaron mi abuelo Abraham y mi padre Isaac el Dios que ha sido mi pastor toda mi vida, hasta el día de hoy, 16 el Ángel que me ha salvado de todo mal bendiga a estos muchachos. Que ellos preserven mi nombre y el nombre de Abraham y de Isaac. Y que su descendencia se multiplique en gran manera por toda la tierra.

Las manos cuentan historias.
Las manos de una madre que sostiene a su bebé.
Las de un padre que enseña a su hijo a caminar.
Las de un abuelo que han trabajado durante muchos años.

Con el tiempo, esas manos cambian. Pierden fuerza. Aparecen arrugas. Los movimientos se vuelven más lentos. Pero todavía pueden ofrecer algo profundamente valioso.

En Génesis 48 encontramos a Jacob en los últimos días de su vida.

Había recorrido un camino largo. Conocía las alegrías y las tristezas de la familia.
Había cometido errores, atravesado conflictos y experimentado la fidelidad de Dios en medio de ellos a lo largo de muchos años.

Ahora José, su hijo, lleva delante de él a sus dos muchachos: Efraín y Manasés.
Jacob ya era anciano. Sus ojos estaban debilitados. Pero todavía tenía algo que entregar. Así que; pidió que acercaran a los muchachos y extendió sus manos sobre ellos. Y los bendijo.

Me conmueve imaginar esa escena.
Un hombre que había vivido tanto, colocando sus manos sobre la siguiente generación y pronunciando palabras que reconocían la fidelidad de Dios.

Pero hay algo importante en la bendición que pronunció Jacob.

No comenzó hablando de sus propios logros. En Génesis 48:15 recordó al Dios delante de quien habían caminado Abraham e Isaac, al Dios que había sido su pastor durante toda su vida. Y en el versículo 16 recordó al Dios que lo había librado del mal. En su oración; Jacob estaba transmitiendo a la siguiente generación la memoria de la fidelidad de Dios.

Su bendición estaba ligada a las promesas que Dios había hecho a su familia y a la historia de Israel.


Nosotros no repetimos aquellas promesas patriarcales como si fueran declaraciones automáticas sobre nuestros hijos, pero sí podemos aprender de la importancia de transmitir una herencia de fe.

Salmo 78:4 “No las encubriremos a sus hijos, Contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, Y su potencia, y las maravillas que hizo.” Las generaciones que vienen después de nosotros necesitan más que nuestras posesiones. Necesitan conocer al Dios que nos ha sostenido.

Jacob ya había experimentado la fidelidad de Dios en su propia vida. Pero ahora, al bendecir a Efraín y Manasés, Jacob estaba llevando ese testimonio a una nueva generación. No quería que la historia de la fidelidad de Dios se quedara solamente entre él y su hijo.

Y eso me hace pensar en nuestros hogares.

Nuestros hijos conocen muchas cosas de nosotros. Conocen nuestras costumbres, nuestras alegrías y hasta algunas de nuestras preocupaciones.

Pero se ha puesto a pensar: ¿cuánto conocen nuestros hijos de nuestra historia con Dios? ¿Les hemos contado de aquellas ocasiones en que tuvimos miedo, pero Dios nos dio fuerzas para seguir adelante? ¿Saben de las veces que oramos sin tener una respuesta y aprendimos a esperar en el Señor?

Quizá algún día olviden muchos de nuestros consejos. Pero qué hermoso sería que, cuando enfrenten sus propias dificultades, recuerden cómo sus padres confiaban en Dios.
Que recuerden habernos visto orar.
Que sepan que nuestra familia también atravesó momentos difíciles, pero que el Señor estuvo con nosotros.

Y que esas memorias los animen a buscar personalmente al mismo Dios. Porque no podemos vivir la fe por nuestros hijos, pero sí podemos mostrarles, con nuestras palabras y nuestra manera de vivir, lo que significa confiar en Él.

Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños y estaban aprendiendo a dar sus primeros pasos. Los ayudaba a caminar de un sillón a otro. Quería que perdieran el miedo y se atrevieran a dar esos pequeños pasos por sí mismos, pero al mismo tiempo procuraba mantenerme cerca, por si tropezaban.

¡Qué hermoso y emocionante verlos descubrir que podían caminar!

No esperemos a que nuestras manos envejezcan para comenzar a hacerlo.

MIENTRAS TODAVÍA PODEMOS TOMARLOS DE LA MANO, APROVECHEMOS PARA ENSEÑARLES NO SOLO A CAMINAR HACIA DIOS, SINO TAMBIÉN A CAMINAR CON DIOS.

Porque llegará el día en que nuestras manos ya no podrán acompañarlos en cada paso, pero podemos enseñarles a confiar en las manos de Aquel que nunca dejará de sostenerlos.

PARA RECORDAR:
QUE LA FIDELIDAD DE DIOS NO SEA SOLAMENTE UNA HISTORIA QUE CONTAMOS, SINO UNA VERDAD QUE NUESTROS HIJOS APRENDAN A VIVIR.

PIENSA
¿Qué has aprendido acerca de la fidelidad de Dios que quisieras transmitir a tus hijos, nietos o a alguien de una generación más joven?

APLICA
Comparte hoy una experiencia verdadera en la que hayas visto la ayuda de Dios.
Después, si es apropiado, ora personalmente por alguien de tu familia, pidiendo que el Señor guíe y fortalezca su vida.

ORA
Señor, gracias por tu fidelidad a lo largo de nuestra historia. Ayúdame a transmitir a las nuevas generaciones una fe sincera, no solamente mediante palabras, sino también con mi manera de vivir. Que quienes vienen detrás de nosotros aprendan a conocerte, amarte y confiar en Ti. Amén.

Dark Green.jpg
bottom of page